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Fabriciano, el señor de las esculturas

Fabriciano, el señor de las esculturas

“Trabajamos para hacer del arte un bien de todos, porque soy consciente de que el arte, sin lugar a dudas, es elitista. Yo no podría comprar un Pettoruti, en este sentido hablo de elitista. No todo el mundo puede ir al Colón. Pero aquí es diferente, éste es un espacio abierto que da placer”, subraya la voz dulce y por momentos melancólica pero siempre soñadora de Fabriciano, el señor de las esculturas.

Recibió a NORTE en su casa – “ya es de Resistencia mi casa, la regalé a la ciudad para que sea la Casa Museo Fabriciano, un lugar abierto a todos cuando yo no esté” – y mientras la recorremos, en un silencio casi sacramental, despunta una emoción: “Vine a este mundo para esto, dice.
No podemos pasar por la vida sin dejar nuestra huella, por más pequeña que sea. Creo que he cumplido casi todos mis objetivos y tengo la plena certeza de que Resistencia va a ser una ciudad universal como soñé”.

Desde la vereda, se percibe un viento de espíritus tutelares encarnados en esas dos siluetas, “que simbolizan a papá y mamá”, talladas en piedra, sentadas como centinelas insomnes en la cornisa de la terraza que vigila el horizonte. En la puerta de entrada, la madera labrada por sus manos representa a toda su familia acariciada por un solo que preside y abarca la escena.
De allí en más, entrar por un largo pasillo significa, sin más trámites, sentirse penetrados por esos acogedores espíritus que alimentan el alma del artista desde niño.  Allí, entre fotos, esculturas, medallas y trofeos Fabriciano nos invita a recorrer la vivienda familiar que data de 1938 pero que fue remodelada por Mimo Eidman- “esa arquitecta y gran escultora de Resistencia” – para el objetivo final de la Casa Museo.
Pero existen muros linderos aún originales, árboles, plantas y un espejo de agua lleno de peces que testimonian, junto al canto alucinado de los pájaros, la mano de “otro gran artista: el arquitecto paisajista  Pradial Gutiérrez”.
Allí creció Fabriciano, “dibujando y garabateando desde niño colores paisajes y contornos”.

El calor cada vez se siente más y más, sin embargo al Maestro eso no parece molestarle. Mientras camina a nuestro lado, juega con los peces que se acercan al sonido de su voz y ríe como un niño encantado por el juego.
“Según el calendario maya tiene que nacer un hombre nuevo. Yo espero el cambio del hombre; que deje de lado la ambición de poder y dinero, la vanidad, el egoísmo y pueda compartir algo de lo que tiene. La solidaridad va a salvarnos, sin duda. Pero tenemos que intentar generar una cultura del trabajo, porque hay que mojarse los pies para tener un pescado en las manos. Y lo bueno es ganarse el pan de cada día, que es la única manera que tenemos de justificar la existencia”.

-¿Por qué te obsesiona justificar la existencia?
-Porque es efímera, es fugaz, por eso hay que dejar una huella que nos trascienda. No la fama, no el dinero, esos también son dioses fugaces; algo que justifique, que diga “aunque sea un minuto valió la pena pasar por este mundo”, y eso puede ser, yo firmemente creo que es, la solidaridad, el compartir con el otro.
Desde la sonrisa, todo. Eso no significa que nadie tenga que inmolarse, significa simplemente ser sensibles a lo que auscultamos a nuestro alrededor y responder, estar presentes, decir, hacer. Yo no voy a salvar el mundo, vos tampoco, solo nadie, pero entonces marchemos juntos.

El centro del universo
– ¿De dónde te nació esta inquietud social?
-Siempre la tuve. Siempre mi sueño fue hacer de Resistencia el centro del universo y hacer de mi hogar el hogar de todos. Lo logré a través del arte. Pero yendo a tu pregunta, tal vez heredé esa vocación de mi padre.

-¿Qué hacía tu padre?
– Él era terriblemente solidario y acogedor del otro, de una gran sabiduría y sensibilidad pese a ser un hombre sencillo, humilde. Era sereno de la plaza 25 de mayo. Qué maravilla las coincidencias de la vida, el hijo del cuidador de la plaza comenzó a plasmar sus sueños de hacer de Resistencia una ciudad universal en esa misma plaza donde trabajó su padre.

– ¿Seguís esculpiendo?
-Poquito. Hago el 20 o 25 por ciento de la obra y tengo dos ayudantes que hace más de 30 años están conmigo. Yo le doy los dibujos y ellos hacen el trabajo que yo ya no puedo hacer.

-¿Vas al taller?
– Voy dos horas al día y aunque después el dolor me despedace me hace bien. Mi ayudante me dice “Maestro, como cambia su cara cuando está esculpiendo” y es cierto. Y acá en la casa, en el fondo, tengo mi pequeña ´pecera` que es el lugar donde voy a trabajar cuando ya no pueda ir al taller.

– ¿Qué dibujás?
– Mis obras, mis proyectos, todo lo plasmo primero en el dibujo. Dibujo todos los días de mi vida. Si no hiciera algo que se vincule con el arte moriría un poco más.

– ¿Qué hacés con tantos bocetos?
-Saco fotocopias y se las llevó al taller a mis ayudantes. Ellos lo calcan en un taco y comienzan a cortar las primeras formas. Después yo entro en los detalles.

– Le insuflás vida a tu obra
-Si, digamos que sí, es un poco eso ¿no? Es lo que busca o sueña el artista.

-¿Cada escultura comienza en un dibujo?
– Sí, podría esculpirlas directamente pero me lleva más tiempo y yo necesito terminar, ver la escultura terminada cuanto antes. Entonces agarro las herramientas, hasta las más pesadas, las que más esfuerzo me demandan y trabajo, trabajo sin sentir el dolor hasta que termino. Allí caigo, y a la tarde lloro, lloro toda la tarde de dolor por trabajar esas dos horas pero no me arrepiento. El arte me mantiene vivo.
Hace una prolongada pausa – como cada tanto a lo largo de la charla – y los ojos se le pierden pensativos y nostálgicos en algún lugar de sí mismo.

-¿Qué quedás pensando?
– En tantas cosas que ya no puedo hacer, soy casi y apenas un muerto que anda, pero no quiero ni debo quejarme, la vida me ha dado y me sigue dando mucho. Soy un privilegiado y soy consciente de eso.

– ¿Tenés idea de cuantas esculturas hiciste?
– Por lo menos cuatro mil. Y dibujos con seguridad más de seis mil.

– ¿Dónde están todas esas obras?
– Muchas en la ciudad, algunas acá y las otras las he vendido por todas partes. Hay otras que voy recuperando, las voy comprando otra vez pero muchos no quieren vendérmelas.

La casa de Emelino y Dorita
-¿Para qué querés recuperarlas?
-Porque yo regalé a la ciudad esta casa, que era de mis padres. Ellos la compraron en 1938. Todavía recuerdo nuestra infancia acá, las noches de verano que dormíamos bajo un enorme parral que había acá, donde ahora estamos sentados (una espaciosa galería llena de esculturas en pequeño formato la mayoría).

-¿Por qué quisiste regalarla?
– Porque es lo único que le puedo dejar a mi ciudad. Algún día, por esta casa va a circular libremente mucha gente. Siempre fue mi idea y mi obsesión compartir mi arte con todos, no concibo el arte si es para mí solo deleite o el de algunos pocos. Va a ser la Casa Museo Fabriciano, así está denominada.
Dejo más de 200 pequeñas esculturas y más de 400 dibujos para que se puedan hacer moldes y serigrafías y vender a precios bajos para ayudar a mantener el museo. En fin, estoy tomando todas las previsiones para que nadie tenga que salir a pedir después. Yo quiero que la casa de Emelino y Dorita, mis padres, siempre esté así y que todos puedan respirar aquí este aire tan especial, este aroma tan particular que tiene la casa.



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