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“Trabajamos para hacer del arte un bien de todos, porque soy consciente de que el arte, sin lugar a dudas, es elitista. Yo no podría comprar un Pettoruti, en este sentido hablo de elitista. No todo el mundo puede ir al Colón. Pero aquí es diferente, éste es un espacio abierto que da placer”, subraya la voz dulce y por momentos melancólica pero siempre soñadora de Fabriciano, el señor de las esculturas.